FILOSOFÍA Y VIDA
“Hacemos Filosofía
porque algo nos conmociona y provoca que nos asalten preguntas que no
nos hacíamos antes, preguntas que afectan a todo nuestro ser, a nuestra
existencia entera. ¿Qué ha pasado para que cambiemos de este modo? ¿Qué congojas
y qué preguntas nos asaltan en ese momento de cambio y de lucidez? ¿Cómo
vivíamos antes nuestra vida? ¿Cómo la vivimos después? ¿Tendremos la valentía
de mirar de frente esta crisis vital y aguantar con entereza el empuje de su
pregunta, o la esquivaremos adormeciendo nuestra conciencia? ¿Tendremos el
coraje de admitir que dejamos atrás la infancia y, en adelante, hemos de
responder del camino por el que nos aventuremos? Precisamente ahí está en juego
la inquietud filosófica. Hacer filosofía es poner en máxima tensión la
inteligencia y aun la existencia toda (la sensibilidad, la memoria, la
responsabilidad, la imaginación), para tratar de entrar en contacto con la
realidad sin velos ni distancias.
Definida así,
la filosofía parece un empeño individual y hasta
esencialmente solitario; pero sólo lo es por necesidad en sus fases iniciales.
En seguida pasa a ser posible y hasta muy deseable que se la viva y se la haga,
al menos parcialmente, en diálogo: en el seno de un grupo de
amigos que cuenten siempre los unos con los otros y se recuerden mutuamente sus
serios deberes para con el conjunto de la sociedad. Al final de este libro
veremos cómo justifica Sócrates esta transición de la soledad a la amistad.
Si para entrar
en la vida filosófica hay que poner en tensión máxima las fuerzas de la
existencia personal, es debido a que ni esta tensión ni, por consiguiente, la
filosofía son el modo corriente en el que en principio vivimos. Hay que cambiar
de actitud para pasar a la filosofía desde otra actitud anterior. Y sería
superficial suponer que este cambio dependa de algún capricho. Tiene que
sobrevenir una crisis poderosa en la vida cotidiana para que se suscite la
idea de que puede empezar a ser cambiada la actitud general en la que estamos;
no digamos para conseguir de veras cambiarla. Tiene que surgir un instante,
mejor dicho, un estado, en el que de manera imprevista se nos hace claro que la
vida trascurrida hasta entonces fue vivida desde una actitud empobrecida por
alguna carencia esencial, de tal modo que este repentino descubrimiento ya no
nos permita seguir manteniendo aquella misma forma de vivir con perfecta
comodidad, con la total despreocupación a la que estábamos habituados. Vivíamos
antes tranquilos; algo ha sucedido que ha interrumpido esa inercia y
nos ha hecho ver que nos encontrábamos, seguramente sin haberlo sospechado, en
una situación bastante miserable, que en el fondo era insostenible.
Cuando nos
afecta un golpe semejante, durante un tiempo no somos capaces de volver a
acomodarnos plenamente en ninguna postura vital, por más que lo deseemos y
hasta nos lo propongamos. Mientras permanece viva y dolorosa esta inquietud
(que sin duda también tiene un lado de gozo y espera, de curiosidad excitada),
hay oportunidades de inventar otra manera general de vivir. Estamos seguros en
un momento así de que podemos y debemos convertir en actitud nuestra habitual
la inquietud misma, puesto que es desde ella desde donde mantenemos la
conciencia de que el modo de vivir que hemos abandonado era insuficiente: no se
podía continuar así so pena de desperdiciar la vida.
Antes de la
llegada de esta inquietud universal (porque concierne a todos los factores e
ingredientes de la existencia), seguramente ya también poseíamos muchas
verdades; pero jamás habíamos reflexionado sobre su calidad, ni siquiera nos
había importado saber si realmente eran verdades. Ahora hemos sido llevados
como a un plano más elevado, que no es otro que el de la reflexión acerca de lo
que veníamos viviendo y creyendo con tanta naturalidad. Desde esta altura
ganada cuando ya nuestra vida había avanzado bastante trecho, sabemos –no
faltaba más– acerca de todo lo que ya sabíamos antes, pero además empezamos a
saber algo sobre la índole y la calidad de esas presuntas antiguas verdades.
Hemos entendido que todas eran de alguna manera problemáticas; que todas
eran frágiles, provisionales, porque no las habíamos comprobado auténticamente,
sino que procedían vaya usted a saber de dónde: de la gente, de la calle, de
nuestra casa. Teníamos antes bajo las plantas un aparente suelo firme; pero
resulta que la altura a la que de improviso nos hemos visto trasladados por la
vida misma (esta capacidad de reflexión a la que ni podemos ni queremos
cerrarnos) es evidentemente más sólida. Y mejor que más sólida: tiene una
perspectiva incomparablemente más amplia; es más lúcida, más responsable
y libre.
Pero con
decidirnos a cambiar nuestra actitud existencial soportando la inquietud y
mirándola, por así decir, a los ojos, aún apenas hemos hecho más que arribar a
un territorio desconocido. Falta explorarlo en todas sus regiones y falta
también reflexionar acerca de él: es decir, escalar una tercera cima todavía
más alta y más responsable. Sin embargo, lo que ya no tendremos que hacer es variar
una segunda vez (o una tercera, una cuarta…) de actitud. Cuando nos hayamos
establecido en la forma de vida que es propia de la filosofía, ella misma nos
impulsará a ahondar la crisis, o sea, la crítica, la reflexión crítica. Nos
obligará a vivir pensando con toda la amplitud necesaria, hasta abarcar, por
ejemplo, a la misma actitud filosófica entre los objetos de la filosofía.
Si
consideramos, entonces, en conjunto los momentos sucesivos que acabamos de
recordar, vemos que hay para todos nosotros, desde luego, varios momentos:
- En primer lugar, la entrada misma en la existencia, la llegada a ella, si así puede decirse, que es inmemorial: nadie se acuerda de haber nacido.
- En segundo lugar, a la primera fase sigue otra fase de acomodación a la vida, de absorción de hábitos que ya estaban ahí, desde antes de nuestro nacimiento, en la familia, el barrio, la escuela.
- Y a esta segunda fase le sucede un día una ruptura tajante, inopinada, para la que no se estaba preparado, que no se esperaba más que, a lo sumo, barruntando muy oscuramente que algo así como una perturbación enorme podía ocurrirnos alguna vez, a nosotros, que vivíamos tan tranquilos, sumergidos en el mundo donde nacimos. Esta sorprendente herida tan honda en la existencia, este despertar a la seriedad y el interés auténticos de las cosas reales, no hay derecho a que se nos olvide. Y, efectivamente, jamás se nos olvida por completo.
Una vez que
esta crisis se ha producido, caben dos posibilidades: tratar de
hacernos incómoda y apasionadamente a la inquietud, o tratar de acallarla
distrayéndonos de ella. En los dos casos, pero mucho más en el segundo, pasamos
a vivir como rotos, partidos en dos.
En la medida
en que damos la espalda a la inquietud reflexiva y a la auténtica pasión por
vivir despiertos, nos quedamos en algo que remeda muy malamente la
perdida e irrecuperable paz de la primera infancia: procuramos adoptar adrede y
permanentemente la actitud de no preguntarnos con radicalidad sobre la existencia,
de no reflexionar acerca de todas las cosas que entran en ella, aunque por
dentro nos sintamos amenazados por el mismo hecho de esta falta de valentía. De
vez en cuando no conseguiremos evitar los asaltos evidentes de la inquietud.
Habrá una serie mayor o menor de nuevas crisis, que supondrán otras tantas
oportunidades de variar de actitud o de que, por el contrario, nos
encastillemos en la cobardía por la que nos hemos decidido en un principio, con
el consiguiente aumento constante de la mala conciencia, del secreto desacuerdo
con nosotros mismos. La paz de antes de habernos encontrado con el hecho
innegable de que la vida es enigmática y de que también lo es la felicidad,
nunca se puede restituir íntegra por el camino de empecinarse en negar lo que
de sobra sabemos en el fondo.
Si, en cambio, procuramos vivir reflexiva y
apasionadamente en la inquietud y explorar qué nos entrega y cómo
evoluciona, aunque nos sea difícil y aunque recaigamos con frecuencia en los
hábitos a los que hemos dado ya la espalda, es posible que por el decidido
esfuerzo que realizamos se vaya reduciendo la inquietud. Ocurrirá en formas que
no nos está permitido sospechar, y menos esbozar, antes de haber vivido
realmente la vida de la filosofía por un tiempo suficientemente largo. En
cualquier caso, la distracción y la amenaza solapada no serán el modo en el que
sintamos la vida. No estaremos tan rotos por dentro como en la alternativa de
resolver no pensar, no trabajar en la búsqueda de la verdad.